El 30 de marzo algo en mi vida cambió.
Confieso que el éxito de la puesta en marcha de la “Máquina de Dios” me hizo sentir un poco ansiosa. De sólo pensar que este experimento puede confirmar algunas teorías sobre el origen y la naturaleza del universo (teorías que hace unos veinte años -que no es tanto!- hubieran sido argumento para la mejor peli de ciencia ficción) se me eriza la piel.
Medité sobre este emprendimiento científico-universal, pensé en los cinco mil astro físicos que están trabajando solidariamente, hombres y mujeres de todas partes del mundo, colaborando codo a codo en este esfuerzo colectivo, donde no hay lugar para egos o diferencias, donde los une el trabajo, un objetivo en común y una misma pasión: la búsqueda de la Verdad.
Tal vez esta búsqueda sea la misma pasión que envolvió la mente de los antiguos filósofos, de aquellos místicos orientales, de los grandes pensadores de Grecia o Roma que hicieron escuela en un tiempo remoto y cambiaron radicalmente el pensamiento del hombre; aquellas almas amorosas, inquietas, que liberaron la miel de la sabiduría para revelarnos, a través de sus doctrinas, todas las respuestas.
“La Máquina de Dios” en la actualidad, podría llegar a cambiar la cosmovisión del universo, del mundo y por ende, del hombre; imagínense si se prueba la idea de un universo en continua expansión, donde todos formamos parte del Todo, en una relación recíproca:él nos afecta y nosotros lo afectamos a él.
Crease o no, estamos parados ante las puertas de una verdadera revolución del pensamiento.
Detengámonos por un momento a pensar, en aquellas personas que participan de este proyecto, en todos los que hicieron posible esta idea, en los anónimos perseguidores de la Verdad. Este grupo de científicos -como cara visible del proyecto- nos muestra que lo imposible puede ser realidad, que la voluntad unida puede más que los límites del tiempo y el espacio. Que en estos momentos: el trabajo grupal, la inclusión, la comunicación, la tolerancia, el servicio y la complementación son los que pueden llegar a cambiar las cosas. Y fundamentalmente creo que el éxito de un proyecto radica en el trabajo grupal mancomunado, inspirado en objetivos altruistas, que fomenten el servicio y el bien común.
Cada vez son más los grupos de personas que se aúnan para trabajar por el bien común a través del servicio y el voluntariado. Parece que en estos tiempos se siente el fuego de la urgencia interna, esa necesidad de construir un mundo mejor, un planeta para compartir, un universo inclusivo y grupal, y desde lo más pequeño a lo más grande, alcanzar un nuevo paradigma de convivencia universal.
El 30 de marzo de 2010, algo en mi vida cambió. ¿Y en la tuya?









mayo 12th, 2010 at 16:48
Una conmovedora sintesis de este impresionante emprendimiento. te mando un fuerte abrazo.
Sandra
mayo 13th, 2010 at 18:25
Encontrar la persona del mente asi como tu, Marcela, de hacerle el mundo el mejor hogar, nos hace querer tener la conciencia con la responsibilidad de que,por los pequenitos pasos pero los pasos segros.somos nosotros que tenemos la llave para el mejor planeta.