Es importante desarrollar costumbres sanas a la hora de alimentarse, ya que los hábitos que se adquieren en la primera infancia determinan el tipo de vida que tendremos de adultos.
Una buena alimentación se asocia a una buena estructura osea, a un peso acorde con la estatura, a un transito intestinal regular, e incluso al buen humor y al buen dormir.
Una dieta equilibrada incluye alimentos de todos los grupos básicos, en cantidades adecuadas; comer por colores parece ser una buena opción, y además resulta atractiva a la vista del niño.
Un plato todo blanco o amarillo no nos motiva a descubrirlo; uno lo mira y … ya está todo dicho! Por el contrario, un plato con verdes, naranjas, rojos, amarillos, blancos es un plato que nos invita a descubrirlo. A la hora de cocinar hay que apelar al espíritu explorador de los pequeños.
Los excesos o las ausencias son malos compañeros. Comer siempre y sólo los mismos alimentos no solo es perjudicial para el equilibrio alimenticio sino para el equilibrio mental: tener un universo restringido en la alimentación implica adquirir un universo restringido en lo mental.
Estar abiertos a nuevas experiencias no sólo es saludable, sino que nos ayuda a abrir horizontes de pensamiento. Existen evidencias de la relación entre la alimentación y el pensamiento: la forma de comer enuncia la forma de pensar. Si siempre comemos lo mismo y nos resistimos a nuevas experiencias culinarias, es muy probable que nos resistamos también frente a nuevas ideas o formas distintas de encarar la realidad. Por este motivo es de suma importancia los hábitos que adquieran nuestros hijos, ya que definirán, en parte, su forma de relacionarse con el mundo.








